JULIO H. PALACIO
Por: Juan Pablo Llinás
“Los intelectuales laicos promueven, a partir del Siglo XVII, el progreso del Mundo Moderno. CreÃan que las desdichas humanas podÃan remediarse mediante el uso indiscriminado de la razón. No eran, a diferencia de sus antecesores, servidores escolásticos de Dios, sino sus sustitutos. En la etapa de mayor brillo encarnan a agoreros, a escribas y a sacerdotes al utilizar con elegancia la palabra escrita y la hablada. Reinan durante dos siglos para ser relevados al terciar en su orden, el tecnócrata y el comunicador.
Julio H. Palacio, uno de ellos, no ha contado con suerte. Ocupa como cronista polÃtico, un primer lugar y pocos lo reconocen. Su renombre literario fuera otro si hubiera tenido un escenario más generoso. DifÃcil disfrutar de hechos descritos por Don Benito Pérez Galdós, el reconocido escritor español, contemporáneo suyo, que en su dÃa fueron notas de primera página, pero hoy, en el nuevo desideratum no son historia. El caso Palacio es otro. Siempre tuvo criterio para desechar lo transitorio y sensatez al elegir lo permanente en crónicas afortunadas que no envejecen nunca. Imposible no gozar la lectura de Historia de mi vida, La guerra del 85, el tomo publicado por el Congreso de la República o su complementario, la edición realizada en la Universidad del Norte.
Leer a Julio H. Palacio es un regalo de buen gusto, haberlo escuchado una verdadera peripecia espiritual. En su mente compleja convivÃan, sin incomodarse, diversas verdades. De suyo pudo disponer , en dosis de alquimista, praxis y alegorÃa, erudición y llaneza, magnanimidad y sarcasmo.
Como persona veleidosa milita en ambos partidos polÃticos. Asà lo hicieron guardadas proporciones Witman y Wilde. En él y en ellos turba la relación entre el encanto del artista y el desastre de la persona. Pero este comportamiento de descrédito fue uno de sus atractivos. ‘Como todos los grandes del paÃs’ –dice Juan Lozano- que con Palacio han tenido contacto, el General Reyes aprecia, desde el primer momento la inteligencia versátil, la simpatÃa arrolladora, las refinadas maneras de este escritor insigne y los servicios confidenciales y sutiles que podÃa rendirle al Estado y al gobierno. Como primera medida le inventa el cargo fantástico de Inspector General del Resguardo y le da por secretario al poeta Eduardo Ortega -¿Qué hace Palacio en este puesto?- Pregunta alguien a Ortega –Nada, responde el poeta ¿Y Usted? –Yo ayudo a Palacio-.
Desconoce toda la vida la alegrÃa de saber que casa alguien le espera con saudades. Igual que Marcel Proust nunca estuvo casado. Vive en cuarto de hoteles donde logra introducir su desorden habitual. Supone vana toda certidumbre e inevitable la utopÃa. Cree y asi lo dice, que al hombre lo dignifica una suma inestable de valores los cuales acrecen la gracia, la leyenda y el ocaso. Era hijo del General Francisco Palacio, nace el año de 1875 y muere en 1952.
Hasta último momento conserva la lucidez y el brillo de su maravillosa mente creadoraâ€.
Fuente: ‘Historia General de Barranquilla. Personajes’. Volumen 2.
Publicación de la Academia de la Historia de Barranquilla-1995, Primera Edición. Páginas 133 a 135. Editorial Mejoras